Siempre he creído que existen lugares que intensifican más todos los sentimientos que se puedan llegar a producir. De hecho —como he leído muchas veces— estos lugares pueden ser personas o incluso cualquier otro ser vivo.

Tampoco creas que me estoy refiriendo a lugares muy especiales. Creo que depende de cada uno, pero hasta el lugar más cotidiano puede ser uno de ellos. El sitio que me vino a la mente al pensar en todo esto fue el aeropuerto. Desde que soy pequeño he tenido la sensación de que al entrar allí cualquier acción roza la piel de una manera distinta. Todo traspasa más de lo normal sin que hiera al hacerlo.

Una de las últimas experiencias que tuve en un lugar así fue acompañada de una gran sensación de incertidumbre. Como he dicho antes, en según que lugares, estas sensaciones tienden a intensificarse más de lo normal y en este caso no fue distinto. Aquel día algo dentro de mí sabía que tendría algún contratiempo. Hay veces que uno sabe que algo va a salir mal, pero es incapaz de adivinar por dónde vendrá el golpe. Quizás en estas situaciones lo más sensato es pensar en como contestarlos antes que prevenirlos.

El día comenzó pronto y con la ilusión de un niño con zapatos nuevos me dirigí al aeropuerto. Pasé todos los reconocimientos que tuviera que pasar y llegué a la puerta que me conectaba con mi inmenso transporte. No miento si digo que, al estar viajando solo, tenía bastante curiosidad por saber quién me acompañaría durante aquel trayecto aéreo. En ocasiones la vida es tan irónica que se ríe en tu cara y no te das cuenta de ello. Esperé en la cola de adormecidas personas que me acompañarían en aquel avión y logré entrar. Una vez allí, me fijé en el número de mi asiento y me dirigí hacia él. Era el último, el de más al fondo. Eso sí, tuve la suerte de que me tocara la mejor parte, la ventana.

Mallorca desde la ventana del avión que pudo despegar

El avión poco a poco empezaba a llenarse. Los asientos vacíos que podía divisar iban adquiriendo propietario con más o menos sueño. En el momento que entró el último de ellos y decidieron cerrar la puerta, me giré y pude ver que a mi lado tenía dos asientos vacíos. Con las ganas que tenía yo de ir acompañado y de repente me di cuenta de que iría solo rodeado de personas.

Minutos después la aeronave comenzó a despegar. Parecía mentira que estuviera haciendo un vuelo así, pero era totalmente cierto. La incertidumbre que me invadió cayó en escena en aquel instante. El avión despegó y sobrevoló la isla durante largos minutos sin llegar a tomar una gran altura. Al principio me pareció bonito puesto que ver Mallorca desde casi cualquier ángulo lo es. Sin embargo, el mensaje que nos proporcionó el piloto en aquel momento hizo desaparecer cualquier detalle de belleza. Por los altavoces se escuchó: “Señores pasajeros hemos tenido un fallo en los dos sistemas de despresurización. Volvemos al aeropuerto.” La cara de la mayoría de los que estuvieran abordo en ese momento mezclaba emociones entre miedo y desconcierto. Como decía al inicio, en ciertos lugares todo se intensifica, pues en una aeronave con problemas en el sistema y a miles de metros del suelo todavía más.

No sucumbió el pánico en ningún momento, ni vi peligrar mi vida en ningún instante. No obstante, se me hizo inevitable preguntarme eso a mí mismo. ¿Qué hubiera pasado si realmente hubiera sido algo más serio? ¿A quién me hubiera gustado contarle todo aquello como último mensaje? Entonces me volví a girar y observé de nuevo aquellos dos asientos vacíos. ¿A quién me hubiera gustado tener al lado en ese instante?

No mentiría si dijera que de aquel vuelo han pasado ya unas semanas y soy incapaz de responder esas preguntas de manera convencida. Pero llevo algunos días preguntándome quién sería realmente capaz de hacerlo.

Tampoco me gustaría que se me malinterpretase. No me estoy refiriendo a cuál de las personas de mi círculo más intimo querría tener junto a mí en ese momento. Ni quiero tratar de ordenar a quienes conozco por una cuestión de estima. Simplemente saber a quién acude mi yo interior cuando por un instante —por muy efímero que parezca— todo se viene abajo. Saber cuáles son los ojos que buscan los tuyos cuando caes en picado.

Creo firmemente que no se trata de una pregunta sencilla de responder. Y aunque no estuviera cómodo con la situación que viví durante esos minutos estoy contento de haberla vivido. Pues, aunque parezca una mera estupidez, en ocasiones no es nada fácil ocupar dos asientos vacíos.

El miedo acude y a la puerta llama.

Todo me incomoda y no es de mi agrado.

Entonces es mi interior quién al alma reclama

a quién querría yo tener al lado.